RESEÑA: Si hay una verdad de la poesía, una verdad difícil de definir, ésta se hace presente en la lectura o la escucha, entre el ritmo y el sentido. Verdad o autenticidad, la cualidad se destaca cuando el poema impone su propia voz como algo acuciante, algo del orden de la necesidad. Una voz se alza para decir lo que merece ser dicho. Y surge, no como grito, no como crudeza del lenguaje, sino formada en lo poético como interioridad de la poesía como práctica de la palabra. Así se escuchan los poemas de Montserrat Alvarez: juegan con la tradición, a la vez que la reescriben; desde las coplas de Manrique, a los textos bíblicos, pasando por otras modulaciones, rescata la entonación de Villon, barriobajera, callejera, inclasificable, justamente, nómade entre tierras, grupos sociales e ideas, pero también el tono de la mujer reflexiva, filósofa, de las letras por excelencia.